Recomendado de la Semana

Recomendado de la Semana

El Milagro del Fútbol Colombiano

Hernán Peláez Restrepo

 

Juan Fernando Moreno J. Promotor del Proyecto: Fútbol al Parque. Pasión entre Libros y Tertulias.

Se entiende milagro, como aquella realidad religiosa, un hecho que sucede en un día o un sitio específico, llámese Lourdes, Fatima o una casa campesina de las nuestras. Al igual que al autor de este libro, yo opino que el 5 de septiembre de 1993 fue el día en que ocurrió el milagro para el fútbol colombiano, donde se produjo la gran conclusión de todo ese largo itinerario del fútbol nuestro.

Recomiendo este libro porque para todos los colombianos que les gusta el fútbol y para las personas que no alcanzaron ver la generación dorada del fútbol colombiano, tengan la oportunidad de disfrutrar de las crónicas y relatos sobre la selección de Francisco Maturana, la dirigencia deportiva de finales de los ochentas y comienzos de los noventas y los grandes jugadores colombianos de esta memorable época.

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Tertulias. Fútbol Virtual. Pasión Entre Ebooks y Tertulias.

Con el objetivo que comencemos a interactuar y a intercambiar conceptos y opiniones sobre el fútbol y la literatura, les informamos a todos los seguidores de Dhar Services y de www.juanfernandomoreno.com , que el próximo domingo 1 de mayo haremos la segunda tertulia  de Fútbol Virtual. Pasión Entre Ebooks y Tertulias.

 

Esta actividad virtual se realizará en Facebook y Twitter  el 1  de mayo  de 7 a 8 de la noche. Este es mi usuario tanto en Facebook como en Twitter:

http://www.facebook.com/#!/profile.php?id=608336886

twitter.com/#!/juanfer81

El tema de la tertulia será:

La relación  fútbol y la política. Cuando este deporte se ha convertido en sofisma de distracción de las sociedades y naciones?

Muchas Gracias por la atención

Nos vemos virtualmente el proximo domingo 1 de mayo a las 7 de la noche.

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Cuentos De Fútbol

El penal más largo en el mundo

Por Osvaldo Soriano

 

 

El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.

 



Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo.

El blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.

A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.

Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.

Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.

Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaba en la heladera.

Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a1.

En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.

El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los arboles.

Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.

 

El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.

 

Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.

 

Según el tribunal de al Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duro una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblovecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido do en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.
Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borseguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:
-Constante los tira a la derecha.
-Siempre -dijo el presidente del club.
-Pero él sabe que yo sé.
-Entonces estamos jodidos.
-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.
-Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la mesa.
-No. El sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
-El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente el club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.
El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
-¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
-No sé. ¿Qué me cambia eso?- preguntó.

-Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.

-Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer -dijo y silbó al perro para volver a su casa.

 

El viernes, la rubia de Ferreyra esta atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta.
Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.

 

-Pobre tipo -dijo ella con una mueca y ni miro las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.

 

A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.
-¿Y yo cómo sé? -dijo él.

-¿Cómo sabés qué?

-Si me tengo que tirar para ese lado.

La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.

-En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién -dijo ella.

¿Y si no lo atajo? -preguntó él.

Entonces quiere decir que no me querés -respondió la rubia, y volvieron al pueblo.

El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.

 

A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señala la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.

 

Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el arbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.

 

En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces -contó después- que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacía el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el asombrado, pero el arbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba “¡no vale, no vale!”.
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.

 

Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.

 

Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.

 

El pelotazo salió hacía la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener.

 

Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.

 

Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino del hermano del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.

 

-Bien, pibe -me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.

Tomado de Pasión de Multitudes.

http://www.elortiba.org/pasorian.html

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Tertulias Fútbol Virtual. Pasión Entre Ebooks y Tertulias.

Con el objetivo que comencemos a interactuar y a intercambiar conceptos y opiniones sobre el fútbol y la literatura, les informamos a todos los seguidores de Dhar Services, que el próximo domingo 10 de abril haremos la primera tertulia  de Fútbol Virtual. Pasión Entre Ebooks y Tertulias.

Esta actividad virtual se realizará en Facebook y Twitter  el 10 de abril de 7 a 8 de la noche. Este es mi usuario tanto en Facebook como en Twitter:

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El tema de la tertulia será:

La importancia de ver al fútbol desde su perpesctiva cultural y literaria.

Muchas Gracias por la atención

Nos vemos virtualmente el proximo domingo 10 de abril a las 7 de la noche.

 

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Foro. Fútbol Virtual. Pasión entre Ebooks y Tertulias

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    Para hacer de este espacio un escenario interactivo, Fútbol Virtual. Pasión entre Ebooks y Tertulias, invita a todos los visitantes de D’HAR SERVICES a participar en el foro para que dejen sus opiniones y fomentemos hacia el sano … Continue reading

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Fútbol como Sofisma de Distracción. Mundial de Argentina 1978 y la más cruel Dictadura Militar

Teniendo claro que la literatura y el fútbol no están apartados de los fenoménos políticos y sociales de una nación. A continuación les presento  este artículo sobre el Mundial de Argentina 1978 y la dictadura militar liderada por Jorge Rafael Videla.

La pasión y el interés de la gente hacia el fútbol se producen gracias a la masificación comunicativa por parte de la prensa y los medios de comunicación, los cuales en Argentina se encargaron de darle un alto grado de prioridad al campeonato de fútbol sobre el conflicto que generó no sólo en este país sino en otras naciones la dictadura militar de Jorge Rafael Videla entre 1976 y 1983.

El 1 de Junio de 1978 se inauguró el undécimo mundial de fútbol en Argentina. Este primer partido se desarrolló en la ciudad de Buenos Aires entre las selecciones de Alemania Occidental y Polonia con un marcador de 0-0. Estos dos equipos integraban el grupo 3 del torneo junto a Túnez y a México.

Con respecto a la selección anfitriona, el onceno dirigido por César Luis Menotti integraba el grupo 1 del campeonato mundial de fútbol, junto a las selecciones de Italia, Hungría y Francia. En su debut, el 2 de junio, el equipo Argentino derrotó 2 goles a 1 a su similar de Hungría en el Estadio de River Plate, de la capital Argentina.

En 1978 la dictadura militar en Argentina, gozaba de buena salud y para comprobar esta situación, organizaba un Campeonato Mundial de Fútbol. Participaron diez países europeos, cuatro americanos, Irán y Túnez. El Papa desde Roma envió su bendición. Al son de una marcha militar, el general Videla condecoró al presidente de la FIFA en aquel momento, a Joao Havelange durante la ceremonia de inauguración, en el estadio Monumental de Nuñez. A pocos pasos de este escenario, estaba en pleno funcionamiento el Auschwitz argentino, el centro de tormento y exterminio de la Escuela de Mecánica de la Armada. Y algunos kilómetros más allá, los aviones arrojaban a los prisioneros vivos al fondo del mar.

El golpe de estado del 24 de marzo de 1976 comenzó a ser preparado con mucha anticipación. En aquella época, Argentina era el único país del Cono Sur que mantenía un régimen democrático, mientras tanto todos los países vecinos estaban gobernados por dictaduras militares. Banzer en Bolivia, Geisel en Brasil, Pinochet en Chile, Stroessner en Paraguay y Bordaberry en Uruguay, sostenidas por Estados Unidos en el contexto de la Doctrina de la Seguridad Nacional.

La selección argentina clasificó a la segunda fase del torneo, tras ocupar el segundo lugar del grupo con 4 puntos, detrás de Italia quien ganó el grupo, producto de tres victorias. La fase semifinal del torneo la jugaron 8 selecciones distribuidas en dos grupos de cuatros equipos en cada zona.

Estos equipos fueron: Los ya mencionados, Italia y Argentina por el grupo A, Polonia y Alemania Federal por el grupo B, Austria y Brasil por el C; y los otros dos equipos fueron Perú y Holanda, los cuales integraban el grupo D.

El grupo 1 estaba compuesto por Holanda, Italia, Alemania y Austria. Mientras que el grupo 2 lo conformaban, Argentina, Perú, Brasil y Polonia.

Frente a este régimen del terror ejercido por la Dictadura Militar en Argentina, varios jugadores de la selección campeona del mundo en 1978, dieron su opinión. Por ejemplo, el arquero de este equipo, Ubaldo Matildo Fillol, el “Pato”, afirmó; “Yo personalmente ignoraba todo, como la mayoría de los muchachos. Nosotros nos empezamos a enterar de las cosas que pasaban en el país después del Mundial. No había difusión, porque manejaban todo los militares en ese entonces. Después se fueron destapando algunas cosas hasta que cayó el gobierno, pero no sabíamos nada..”..
La selección de Holanda ganó el grupo 1 de la fase semifinal con un total de 5 puntos, producto de 2 victorias y un empate; lo que le significó llegar a la gran final del torneo. Mientras por el otro grupo, Argentina consiguió la clasificación a la final en medio de la polémica. Los equipos opcionados para llegar a la final eran Brasil y el equipo anfitrión de la undécima Copa del Mundo.

El partido entre Brasil y Polonia, el cual se debió disputar a la misma hora del partido Argentina vs Perú, se realizó en horas de la tarde, mientras que Argentina jugó su partido en horas de la noche, con la ventaja de conocer ya el resultado conseguido por Brasil. Ante esta situación la Verde Amarella había quedado en el grupo con 5 puntos, producto de 2 victorias, un empate y 6 goles a favor y 1 en contra para una diferencia de gol de 5. De esta manera Argentina sabía que tenía que derrotar a Perú por una diferencia de cuatros goles. Este partido terminó 6 a 0, a favor del equipo Gaucho.

El domingo 25 de junio de 1978, se disputó la gran final del torneo entre Argentina y Holanda. En los 90 minutos el partido terminó 1-1, lo cual obligó jugar tiempo extra. En estos 30 minutos adicionales de fútbol, Argentina logró conseguir dos goles más, para dejar el marcador definitivo 3 goles a 1. La gran figura y el goleador de este torneo fue “El Matador”, Mario Alberto Kempres. Este delantero anotó dos goles en la gran final y anotó un total de 6 goles a lo largo del Mundial.

Uno de los grandes ausentes a este mundial fue la gran estrella del fútbol holandés, Johan Cruyff, el cual no decidió participar de este Campeonato del Mundo argumentando que él no iba a jugar al fútbol en un país que estaba violando masivamente los derechos humanos por parte de una Dictadura Militar.
A la hora de recibir los trofeos, los jugadores holandeses se negaron a saludar a los jefes de la dictadura argentina. El tercer puesto del Mundial fue para Brasil y el cuarto para Italia.

Treinta y Dos años después de la obtención del título argentino en el Mundial en medio de aquel escenario de crueldad y matanza, el mensaje que nos da entender el fútbol como reflejo de una sociedad; es que una cosa es la función de entretenimiento que debe ejercer el fútbol y el deporte en general; y otra muy diferente, la que aconteció en Argentina 1978 donde el fútbol fue un sofisma de distracción de la Dictadura Militar de Jorge Rafael Videla.

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Ausencia, Memorias Oh! Recuerdos de mi Alma

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